|
Aunque intentó bailar con ella, Mayne no podía interrumpir tal belleza. Su
cuerpo bien formado oscilaba entre infantil y apacible, moviéndose
despacio al ritmo. Su inocencia lo embrujaba, su belleza lo impresionaba.
Mayne sabía que ella se enfadaría al ver que la miraba, pero aquel
espíritu adolescente que permanecía dentro de su cuerpo adulto lo animó y
no se preocupó por las consecuencias. Además, esto sólo era para sus ojos.
Sus ojos chispearon por un instante, cuando al moverse ella le hizo
recordar el océano, inmenso de belleza y misterio. Una brisa ligera bailó
a través de su larga melena. Un vestido transparente que apenas cubría su
cuerpo bien formado y un ligero sudor le dieron brillo. Ella parecía
demasiado bonita para ser real. Durante ese segundo, lleno de euforia
visual, Mayne supo que ella era la única mujer que él amó de verdad en la
vida. Sus ojos vacilaron.
“Debe haberme oído”, pensó él, cuando ella se volvió a mirarlo. Mayne no
quería estropear aquella sublime belleza, sólo quería disfrutarla. Sus
gruesos labios sonrieron simpáticamente. Entonces la canción empezó a
aumentar en volumen. En ese instante, una punzada afilada de pánico cruzó
a través de él al escuchar aquella canción. Un sudor frío estalló de sus
poros y el miedo lo consumió. Su mirada giró tan rápidamente, que lo hizo
marearse y ver una realidad diferente. La respiración se volvió difícil,
complicada. La desesperación hizo que se contrajeran cada uno de los
músculos de su delgado cuerpo. Pero su miedo propasaba el dolor que
sentía. La ansiedad pasó a través de él mientras escuchaba la canción.
Todo perdió su textura natural, las paredes, el suelo, el aire, todo
aquello se volvió irreal. La música aumentó nuevamente su volumen y con el
avance de la melodía se le hizo más difícil poder moverse. Sabía que debía
quitar aquel disco, pero sus pies se sentían como bloques de hormigón. Ya
no podía moverse rápidamente. Ella ya tenía el cañón de la pistola contra
su cabeza.
¡BAMM!
Mayne despertó cubierto en sudor; un grito mudo todavía se alojaba en su
garganta. Las últimas seis horas había estado inmerso como en un coma
debido a la gran cantidad de drogas y alcohol que había consumido para
poder conciliar el sueño. Es que el sueño se había vuelto difícil de
conseguir y era imposible de lograr sin alguna ayuda. No importaba si
dormía seis horas o seis minutos, siempre era arrastrado por la pesadilla
que lo manipulaba. Ninguna píldora para dormir o antidepresivo podían
ayudarlo. Había escrito aquella canción y sabía que con ella se había
condenado para siempre.
Con las manos temblorosas, limpió el sudor de su frente y frotó sus dedos
contra sus ojos. Sus pulseras de oro tintinearon. Giró en la cama, y miró
fijamente el despertador digital que se encontraba sobre la mesa de luz
negra que él mismo había construido utilizando un refrigerador como base.
Junto al reloj había unos paquetes vacíos de Marlboro. Observó fijamente
los números digitales verdes del despertador, pero ellos no tuvieron
ningún sentido. No le importaba realmente qué hora era, sin embargo, sabía
que su tiempo significaba dinero para otras personas. De todas maneras,
junto al reloj había algo más importante que el dinero en efectivo o que
el tiempo. Se sentó despacio. Sus torturados ojos examinaron la mesa
jaspeada negra, buscando cualquier sobrante de aquel precioso polvo
blanco. Encontró fósforos quemados, cigarrillos quebrados, y un vaso
vacío, pero nada de drogas. No le importaba. Sabía que siempre podía
conseguir más. Se sentó en el borde de la cama, se agachó y abrió la
puerta del refrigerador de la mesa nocturna. Dentro había varias
Budweisers, y una botella fría de Don Perignon. Mayne tomó una lata fría,
y tragó la mitad de un sólo sorbo. Hacía eso todas las mañanas. Al
instante, su dolorida cabeza empezó a sentirse mejor.
A pesar de que no quería admitirlo, sabía que ya era tarde. Ese día debía
estar en pocas horas en el estudio de grabación, pero no se sentía con
ganas. Además, la grabación de su último álbum había terminado hace un
mes. El disco estaba ahora en la fase de mezcla final, y necesitaban a
Mayne para que aprobara el trabajo. “¿Entoces, sólo me necesitan para
eso?”, se preguntó a sí mismo, y decidió cancelar la cita, ya que le era
muy difícil poder ponerse de pie.
Le gustaba su habitación a pesar del desorden; aunque el peor desastre se
encontraba en el baño. Ropa desparramada, basura, cassettes, y toallas
sucias dominaban el lugar. En medio de aquel caos, trató de localizar
rápidamente el retrete, luchando con aquel impulso que le surgió de
vomitar. Luego, volvió a la habitación, sintiéndose un despojo humano, o
más bien como un robot vestido con una piel alquilada. Había un dolor en
su abdomen al que ya se había acostumbrado, y con el que había crecido.
Como muchas otras fallas en su salud, la dolencia podía atribuirse a su
excesivo estilo de vida.
Al entrar en el cuarto, tropezó con la cómoda; y decidió tomar aquel
pantalón entallado de cuero negro que acostumbraba a llevar, y se lo
colocó. También encontró un kimono de seda color púrpura oscuro que se
hallaba abandonado en el armario y decidió ponérselo. En un cajón de la
cómoda encontró un gramo de cocaína. Y colocando aquel polvo en el hueco
de la uña de su dedo meñique derecho, el músico andrajoso aspiró la
sustancia. El kimono se sentía fresco contra su piel calurosa. Se preguntó
si tal vez tendría fiebre y pensó que probablemente así era. Siempre se
había sentido como con una fiebre perpetua. Terminó su cerveza, y luego
echó la lata vacía en dirección a un canasto.
Al mirarse fijamente en el espejo de cuerpo entero, no reconoció al
solitario que se reflejaba. Efectivamente, el pelo rubio largo y los
tatuajes lo hicieron reconocerse, pero parecía demasiado frágil. Aquel
Mayne se parecía a alguien que estaba listo para el hospital. Esa cara que
alguna vez fue atractiva, ahora se veía pálida, tensa, e inexpresiva. La
barba había cubierto gran parte de su rostro y sus ojos color esmeraldas
ya no eran ninguna gema auténtica, sino más bien parecían joyería de
fantasía. Entonces, necesitó otra bebida.
Durante los últimos catorce años de sus actuales veintiocho, había gastado
la mayor parte de su tiempo bebiendo. Lo que había comenzado en su
adolescencia en pequeñas reuniones de amigos donde solía beber cerveza y
vino, fue reemplazado por vodka y ron en salones de fiestas, que a su vez
evolucionaron al whisky.
Luego de deambular por su habitación, pronunció una oración silenciosa a
su santo patrón, el Jim Beam. Un reflejo de luz dorada rodeó las cortinas,
y aquel reflejo le hizo notar los indicios de que tal vez una pequeña
reunión había tenido lugar en la sala la tarde anterior. Los ceniceros
llenos, las botellas de licor vacías, paquetes de cigarrillos a medio
terminar, y las latas de cerveza estaban por todas partes. Algunas tapas
de cds se habían manchado con el residuo de la cocaína. Mayne trató de
recordar quiénes habían estado allí, pero no pudo. Gracias a un paquete
vacío de cigarrillos Kool, pudo adivinar que uno de sus muchos
distribuidores había estado allí, Jamie, y le había entregado algo. No le
tomó mucho tiempo hacer la conexión entre el vaso vacío en la habitación y
Jamie.
Jamie era basura de Hollywood, que entregaba drogas a las celebridades con
problemas, mientras se aprovechaba de su vulnerabilidad. Mayne buscó más
indicios para saber quién más había estado en la fiesta, pero tenía un
espacio en blanco en su cabeza.
Se dirigió hacia la barra que estaba en dirección a la cocina y abrió un
armario. Allí, había varias botellas sin abrir de licores surtido. Una
ansiedad irrefrenable se disparó a través de su pequeño estómago. “¿Y si
ya no había whisky?”, pensó. Fue dejando las botellas una a una a su
alrededor hasta que finalmente halló lo que tanto buscaba. En ese
instante, un suspiro de alivio se escapó de su boca.
El fuerte aroma de whisky era su equivalente de café matutino para
sentirse fresco. "Aquí estoy mirándolo, amen", dijo Mayne en voz alta,
mientras acercó la botella a sus labios. Como todos los días, un sorbo lo
llevó a otro. Después de varios sorbos, empezó a sentirse mejor. Colocó la
botella en el refrigerador; si tenía suerte, se la bebería antes de que
terminara el día. Tomó otra Budweiser y volvió a la caótica sala.
Había un zumbido permanente dentro de su cráneo. No podía diferenciar si
era provocado por la cocaína o el aire acondicionado. “Si sólo pudiera
recordar qué día es hoy, entonces sabría si alguien de limpieza tendría
que venir”, pensó vacilante. El músico se sentó en la cama, recogió el
teléfono, y marcó 411.
"Operador. ¿Con qué ciudad, por favor?", le contestó una voz femenina del
otro lado.
"Los Angeles"
"Sí "
"¿Qué día es?", preguntó Mayne atentamente, mientras encendía un Marlboro.
"¿Qué?"
"¿Qué día es?"
"Señor, yo soy un operador."
"Señora, usted está ahí para informar y yo le hice una pregunta", la
corrigió Mayne.
Una risa baja de la mujer lo silenció. Después de un momento, ella
contestó su pregunta: "Es miércoles, señor".
“Gracias”, dijo él, y colgó.
No habría ningún servicio de limpieza hoy. Esa no era la manera en que
quería empezar el día.
Dejó un momento la cerveza, acabó su cigarrillo, y aspiró más cocaína.
Después de varios segundos, en medio de su confusión, recordó toda la
basura que había a su alrededor y decidió comenzar a acomodar el lugar el
mismo. Tomó una gran bolsa de residuos y comenzó a arrojar dentro la
basura. Caminó alrededor del departamento, recogió algo que estaba en el
piso y lo tiró. Las botellas y los recipientes de comida vacíos estiraron
la bolsa de basura a tal punto de amenazar con rasgarse. Después de diez
minutos de acomodar, el departamento empezó a tomar forma.
Además de este departamento, tenía también uno en Manhattan y otro en
Houston. Rara vez frecuentaba su mansión de las Colinas Hollywoodense, o
su casa en Maui. Los dos lugares le recordaban demasiado a ella. La casa
de las Colinas Hollywoodense había sido el lugar dónde él y Elizabeth
Aston habían vivido juntos la mayor parte del tiempo.
Pero sus pensamientos comenzaron a traicionarlo, y empezaron a girar en
torno a ella. En ese instante, Mayne fue instintivamente a la barra y
recuperó la botella de whisky.
Con todo el dinero, la fama, y el éxito que había logrado, eran las cosas
simples como la amistad y el amor lo que le eran más difíciles de
mantener. Nunca quiso herir a nadie, sobre todo a los más íntimos, pero
por alguna razón era él quien normalmente hería de la peor manera. Nunca
quiso ser malvado, pero viviendo bajo el microscopio de la opinión pública
mundial, cualquier mal, público o privado, terminaba explotando en su cara
y a menudo hería a los demás. Las fallas personales no se permiten en la
clase alta. A menudo sufría silenciosamente, por la trampa de su propia
fama, hasta que necesitó estar fuera de su jaula. Pero aquella jaula era
más grande de lo que sus ojos podían percibir.
Mayne había intentado mejorar. Con todos los doctores, especialistas,
terapeutas, amigos, y todos en su organización que intentaban ayudarlo, lo
único que consiguió fue apenas hundirse más allá en su capullo, mientras
se aislaba cada vez más. A menudo se preguntaba quién era realmente.
¿Era otro número del seguro social heredado al nacer o una reflexión
genuina de la sociedad?
¿Era un fenómeno o simplemente una fachada?
¿Era un producto de su propia imaginación o simplemente otro ladrillo?
¿Entendería su propio destino en la vida?
Dentro de su mente, analizó por qué su relación con Elizabeth había
fallado más veces de las que él mismo podía contar. Pensó en cada una de
las situaciones. Con respecto al sexo, ¿por qué Elizabeth no podía
entender que simplemente el hecho de que él se haya desviado de vez en
cuando de su alcoba no significaba que no la amara? El sexo era como un
juego. Nunca lo obligó a que fuera monógamo, pero en su interior él sabía
que si ella alguna vez averiguaba sus trampas se enojaría y alguien más
saldría herido. ¡Mucho! Sin embargo, a pesar de ello, Mayne no podía
confinarse a una sola mujer. Quería tener su pastel y comerlo. Había
decidido ser abierto con ella, pero supo que ciertas cosas debían de haber
permanecido confidenciales.
El sexo era una afición, propia de su gran ego, similar a lo que sentía en
escena. Los públicos diferentes, como las compañeras diferentes, eran más
desafiantes y debía trabajar más duro para el aplauso.
Pero ya todo aquello no importaba. A pesar de tener un imperio a su
disposición, el dinero no podía comprarle amor, ni felicidad, ni paz
mental. Y mucho menos aún a Elizabeth.
Echando una rápida mirada alrededor de la gran sala, se notaba que allí un
artista muy desencantado había realizado la decoración moderna del lugar.
Ninguna de las posesiones que había allí, excepto unos pocos artículos,
habían significado algo para Mayne. Nada era real. Se había rodeado de los
trofeos de un juego que ya no tenía ningún significado. Y estaba cansado
de jugar aquellos juegos.
Un fuerte dolor en su oreja izquierda lo arrastró hacia el corredor oscuro
que llevaba hasta el camerino. Dentro de su cabeza, permanecía un zumbido,
como portavoces que se alimentaban y se encendían y finalmente explotaban.
Aquel zumbido enérgico duró sólo unos segundos. Volvieron a su mente los
recuerdos del último concierto con su banda, recuerdo que nunca se
marchitaría. Por alguna razón no podía recordar porqué Elizabeth había
sido incapaz de asistir a aquel último concierto de la gira.
La banda había estado de gira por más de catorce meses, dando más de 285
conciertos. Cada semana Mayne volaba a la ciudad para quedarse con ella
durante unas noches.
El concierto final de cualquier gira es una noche importante. Mayne había
querido compartir la experiencia con ella. Era la culminación de muchas
millas viajadas, muchas horas de trabajo, y la celebración de una
despedida muy merecida. La llamó varias veces para ofrecerle los pasajes
para que viajara, intentando persuadirla, pero ella no podía asistir.
Mayne había consumido drogas y alcohol antes y durante el concierto, y al
ver el entusiasmo de la muchedumbre de Florida, y sabiendo que podía
dormir durante un mes después de eso, desarrolló energía extra. Cada vez
que se acercaba a su micrófono para cantar, su voz surgía con el vigor del
whisky. Para él, ese era el mejor concierto. El público reconoció aquello
con un aplauso ensordecedor. Después del bis, llegó el momento de
celebrar.
Mayne se fue con dos mujeres al hotel donde se alojaba. Una vez allí, en
el baño se inyectó un poco de heroína. No tanto como para hacerlo
cabecear, pero lo suficiente para estar bien arriba. Esas dos mujeres sólo
lo harían sentirse bien por un rato. Después de luchar para bajar sus
pantalones, separándolos de su transpirada piel, se unió a las mujeres
desnudas, y así comenzó la fiesta.
A pesar de que la droga que había consumido ya le había nublado la
memoria, Mayne podía recordar a Peter Terrance alcoholizado caminando en
el cuarto. El baterista de la banda se había equivocado de cuarto, y en
vez de entrar en el suyo, fue a la habitación de Mayne. En medio de la
fiesta que estaba ocurriendo allí, Mayne le ofreció una de las muchachas.
Terrance rechazó el ofrecimiento pues se encontraría con su mujer. El trío
continuó.
Alguien golpeó suavemente a la puerta. Creyendo que seguramente era
Terrance que aceptaba la oferta, Mayne le dijo desde adentro que entrara.
Frente a la puerta, con un bolso, apareció Elizabeth. A último momento
ella había volado de Los Angeles a Miami para estar con él. Quería que
todo fuera una sorpresa. La escena fue demasiado fuerte para ella.
Elizabeth salió corriendo en un estado totalmente alterado. Ése fue el
principio del fin de la relación.
Mayne volvió a alejarse de sus recuerdos. Su rodilla izquierda sonó
ruidosamente cuando enderezó sus piernas y se dirigió hacia el teléfono.
Marcó un botón. El número de Elizabeth todavía estaba programado y de vez
en cuando lo discaba sólo para oír el sonido de aquel teléfono. También en
la memoria del teléfono estaban los números de su gerente, los tres
miembros de su banda actual, el Mayne Mann Group, y varios
narcotraficantes. Después de no recibir ninguna respuesta de Elizabeth,
pulsó otro botón. Sus pulseras tintinearon al unísono, y luego de unos
segundos, finalmente hubo una contestación.
"Sí?", se escuchó una voz desde el teléfono de un automóvil.
"Soy yo", dijo Mayne, mientras tragaba los restos de cocaína que goteaban
desde su garganta.
"Mi mejor hombre!", la voz de Jamie sonó como un zumbido. "Qué puedo hacer
por ti?"
"Dentro y fuera de la ciudad.", esa era la clave para pedir cocaína y
heroína.
"Ningún problema. Recuerdas lo que hice anoche por ti?"
"Sí." Dijo Mayne, pero en realidad no lo recordaba.
"Me debes tres facturas de eso hermano”, el distribuidor simplemente le
explicó en caso de que su memoria fallara.
"Yo sé lo que hice. Te pagaré en efectivo todo lo que te debo."
“OK", dijo Jamie como si le estuviera haciendo un favor y colgó.
"Puto dealer!", masculló Mayne. Encendió un cigarrillo y tomó otra
cerveza. La tapa estalló ruidosamente y la espuma entró a su boca. Miró a
su alrededor, entonces caminó hasta las cortinas del ventanal y las
corrió, permitiendo que la luz enceguecedora del sol invadiera su sala.
"Fuck You", dijo en voz alta, mientras levantaba su dedo mayor al cielo.
La vista de su balcón era inmensa, la Ciudad de Ángeles se desplegaba
debajo; la mayor parte del tiempo Mayne mantenía las cortinas cerradas,
prefiriendo no ser parte del mundo exterior. Estaba seguro dentro de su
departamento.
En el ángulo de una pared lejana, su piano parecía envolver la esquina de
la sala. Pasaba muchas horas placenteras en el piano; incluso cuando no lo
tocaba, el piano le daba un gran estímulo visual. Era un instrumento de
precisión y gracia. Junto al piano, descansaban cómodamente una docena de
guitarras: Les Pauls, Stratocasters, y Telecasters. Las guitarras que
tenía allí significaban más que simples instrumentos para él.
El zumbido del timbre pareció despertarlo de sus pensamientos. Fue hasta
el intercomunicador y apretó el botón que abría la puerta delantera.
Después de unos minutos, Jamie estaba dentro de su departamento.
Las docenas de discos de platino y de oro adornaban las paredes. Horas que
se convirtieron en años de planear, escribir, grabar, y todo el esfuerzo
se plasmaban en estos premios redondos. Sus canciones fuertes provenían a
menudo de los dolores internos y sus canciones más lentas, más tristes,
eran influenciadas por las penas personales. Ésas eran las canciones de
las que estaba muy orgulloso y creía que podían resistir el paso del
tiempo. Las canciones más rápidas, más duras, tenían a menudo una
importancia pequeña, quizás por sus significados. Desgraciadamente, los
premios ya no significaban nada sin Elizabeth.
Mayne se excusó un momento con Jamie y entró en la alcoba. Oculta detrás
de un disco de platino estaba la caja fuerte. Quitó el disco de la pared,
giró la combinación, y abrió la caja. Dentro estaban las joyas, los
documentos, más de cuatro mil dólares y una pistola Smith & Wesson 357
cargada. Agarró unos cheques y volvió a la sala, dejando la caja fuerte
cerrada pero a la vista. Jamie se sentó en el sillón de cuero negro, puso
sus pies en la mesa de café, pareciendo casual la entrega. Momentos antes
se había servido una cerveza.
“Cuánto es todo?”
“¿Incluyendo anoche? Seis,” contestó Jamie, mientras sonaba el beeper en
su cintura.
Mayne le dio seis cheques y puso el resto en el bolsillo de sus
pantalones. Juzgando por la mirada, el distribuidor entendió que Mayne
quería estar solo y al comprender la indirecta decidió irse.
“Me llamas si necesitas más,” se ofreció Jamie, mientras se retiraba del
departamento.
En el momento en que la puerta delantera hizo clic y se cerró, la mente de
Mayne se apresuró, pero su cuerpo se negó a moverse. Tenía las drogas en
la mano, pero en lugar de encontrar una jeringa, regresó a la alcoba. Algo
más poderoso que su adicción dentro de la caja fuerte había llamado su
atención. Caminó hasta la caja y abrió la puerta. Dentro había un álbum de
fotografías que contenía grandes recuerdos en preciosas imágenes.
Puso las drogas sobre la mesa nocturna desarreglada, se dejó caer en la
cama, y empezó a pasar las hojas del libro de fotos. En las fotografías
había imágenes y sentimientos tan intensos que lo hicieron deprimirse como
un suicida.
Elizabeth siempre lo había desafiado intelectualmente mientras lo
estimulaba de manera sexual. Ella lo había cuidado cuando estuvo enfermo,
que había sido bastante a menudo. Ella despertaba sentimientos internos
que él siempre no había experimentado. Su belleza interna y física, era lo
que Mayne más amaba de Elizabeth. Ella había sido totalmente suya, pero
había hecho todo por perderla. Siguió hasta la segunda página.
No tenía idea de cuántas veces se había masturbado viendo esa fotografía.
Cada dos días quizás. Era simplemente una instantánea que le había tomado
a durante unas vacaciones en Las Vegas. Al tomar la fotografía, el viento
había volado su largo cabello apartándolo de su cara, y estaba sonriendo.
Detrás se podía observar el Cesar Palace, dónde habían pasado más de dos
semanas juntos. Era una fotografía turística típica, pero era su sonrisa
lo que le gustaba. Era tan feliz. Ese día, Mayne había hecho algo para
hacerle sonreír mientras sacaba la fotografía. Necesitaba tener sus
labios, su cuerpo de nuevo.
Lentamente, desabotonó sus pantalones de cuero. Antes de empezar a
masturbarse, se tiró encima del refrigerador y tomó una botella sin abrir
de Dom Perignon. La botella se abrió con un estallido fuerte y el olor a
champagne inundó la habitación. Bebiendo a sorbos profundamente de la
botella, siguió pasando las páginas del álbum fotografías, mientras
trataba, cuidadosamente, de evitar la última página. Rara vez miraba la
última página. Como siempre, volvió atrás a la segunda página.
Con la botella medio vacía, bajó sus pantalones hasta debajo de sus
rodillas y vertió el champagne restante en las palmas de sus manos.
Aquello era parte del ritual. El champagne fino era algo que a él y a
Elizabeth les gustaba compartir. Y sentía que todavía podía compartirlo
con ella. Cuando tomó en sus manos su erección mojada, sus pensamientos
empezaron a precipitarse. Recordó una de sus últimas fechas. Durante
aquella cena ella había dicho algo que lo inspiró a escribir la canción
más bonita de su carrera.
“Yo no puedo vivir contigo y no puedo vivir sin ti”, aún podía oír su voz
como si fuera ayer. Las palabras fluyeron de la pluma más rápido de lo que
podía escribir. Mayne pensó que esa era la mejor manera de explicarse a sí
mismo todo lo que había pasado entre ellos. La canción “Sin Ti” no era una
disculpa, era su versión de la historia. Con esa canción la banda había
vendido más de tres millones de copias en los Estados Unidos, llevándolos
al éxito total. Mayne le había ofrecido la mitad de las regalías de
aquella canción a Elizabeth, porque sin ella no hubiera habido ninguna
canción. Pero ella lo rechazó cortésmente.
Así comenzó la gira del grupo. Cuando la gira llegó a Los Angeles, Mayne
quería verla desesperadamente. No importaba cuántas mujeres podía tener,
quería hacer algo para remediar el resbalón de su vida. La había llamado
una docena de veces durante el transcurso de dos días, dejando mensaje
tras mensaje en el contestador. Aunque ella nunca respondió. Nunca
apareció.
Después del concierto, Mayne juró que no cometería el mismo error dos
veces. Se cambió rápido la ropa y evitó las charlas entre bastidores. Él y
su chofer se dirigieron hacia el departamento de Elizabeth. Usando el
teléfono de la limousine, volvió a llamar a su departamento. De nuevo dejó
un mensaje grabado.
“Elizabeth, espero que estés allí. Yo estoy abajo y aun cuando tenga que
romper la puerta para verte, lo haré. Si vas a llamar a los policía, bien,
llámalos ahora. Me lo merezco. Mierda, no sé lo que estoy tratando de
decir pero estoy preocupado por ti. Las palabras no pueden sanar lo que yo
he hecho pero, mierda, dejemos el pasado atrás... realmente necesito ver
tu cara de nuevo,” Mayne explicó suavemente después del pitido. Las
palabras hicieron eco en su mente mientras se preguntaba si le era posible
expresar de manera diferente las cosas. Era demasiado tarde, pensó, ya
dentro del edificio. Ésta era una de esas ocasiones raras, después de un
show, que Mayne estaba sobrio. Cuando llegó con el ascensor a su piso, oyó
una música familiar. Al acercarse a la puerta el volumen aumentó. Entonces
un tiro fuerte hizo eco a través del vestíbulo.
Corrió hacia el departamento, y dejando de lado el miedo, golpeó con el
hombro la puerta de madera para poder abrirla. Una vez adentro, encontró a
Elizabeth en la cama, mientras sangraba profusamente; la mayor parte de su
cabeza había rociado la pared que estaba detrás de ella. La mesa de café
estaba manchada de sangre, y junto a ella descansaba el contestador
automático, un bolígrafo, y algunas pelotitas de papel arrugado.
Mayne estaba de pie, destruido ante el cadáver. ¿Cómo pudo pasar esto?, se
preguntó. Todo lo que había amado en la vida, ahora estaba perdido.
Devastado, caminó despacio hasta el equipo musical que seguía sonando. Un
simple de la canción “Sin Ti” había sido programado para que siguiera
repitiéndose. Se preguntó cuántas veces ella había escuchado la misma
canción y apagó el equipo. Entonces notó que junto al contestador
automático había una nota.
Tomó la nota manchada con sangre y la leyó.
Agitado y convulsionado, sus lágrimas cayeron espontáneamente. Mayne
empezó a gritar con todos sus pulmones. Parecía alguien que había liberado
un animal salvaje. Sus chillidos amenazaron con romper las ventanas. Una
migraña palpitante agujereó su cabeza, y toda su mente se llenó de
presión. ¿Ella se mató porque habían fallado o porque temía que él la
dejara? ¿Era la canción lo que la había empujado a esto? ¿Esto realmente
estaba pasando? Y mientras todas esas preguntas inundaron su cerebro,
entonces otro pensamiento vino a su mente. Quitó la pistola de la mano de
Elizabeth y la puso contra su cabeza. Había decidido unirse a ella para
siempre.
CLIC.
Estaba vacía. Elizabeth sabía que necesitaría sólo una bala.
Mayne dejó el arma y se hundió en sus recuerdos. Recordó el cuarto de
ambos de la luna de miel en Las Vegas y casi se sintió a gusto. En aquella
oportunidad, la cama estaba desordenada y Elizabeth estaba recostada
parecía tener una sonrisa traviesa.
“Qué quieres hacer?”, había dicho ella.
“Qué?” respondió Mayne, desconcertado.
Ellos ya habían bebido varias botellas de champagne y habían hecho el amor
dos veces.
“Qué quieres hacer?” replicó ella suavemente.
Si Elizabeth le daba una opción acerca de lo que ellos podrían hacer,
Mayne iba a aprovecharse de su generosidad definitivamente.
“Puedes subir a la cama y decirme que me amas.”, concluyó con su suave
voz.
La expresión en la cara de Elizabeth era alegre. Para Mayne, las palabras
de amor eran las más difíciles de expresar. Una vez más ella sonrió y
empezó a descender hacia su cintura. No le tomó mucho tiempo devolverlo a
la vida. Varios minutos después, cuando ella se dio cuenta de que él
estaba tan excitado, Elizabeth lo miró y con la expresión más sexy le dijo
“te amo”.
En ese instante, Mayne volvió al presente, pronunciando un gruñido ligero.
La excitación le había dado algo en que trabajar, pero no había placer en
ese orgasmo. Ya nunca lo habría.
Dejó el álbum de fotos a un lado y se recostó en la cama, mientras miraba
fijamente el techo. Durante un segundo le pareció escuchar las notas
musicales de “Sin Ti”, pero era sólo su imaginación. Su cuerpo estaba
cansado. Por lo menos sabía que las drogas en la mesa nocturna eran
reales.
Todo lo que necesitaba estaba en la mesa. Escondida debajo del
radiodespertador había una jeringa y una cuchara teñida de negro. Había un
vaso medio vacío de agua y un encendedor. Tomó la cuchara y mezcló las
cantidades apropiadas de heroína y agua. Entonces, usando el encendedor,
calentó el fondo de la cuchara hasta que la mezcla estuviera lista. Con
las manos inseguras, agregó algo de cocaína y así su explosiva dosis
estaba completa.
Como era una celebridad, no podía permitirse el lujo de tener sus brazos
marchitos por los pinchazos de la jeringa. Por eso, normalmente se
inyectaba en la parte trasera de sus antebrazos o sus pies. También en su
cuello. Como un acupuntor especialista, preparó una vena de su antebrazo,
golpeándola suavemente con su mano.
Mientras examinaba su brazo cuidadosamente, sintió que la dosis estaba
haciendo efecto. Entre las drogas y sus emociones, estaba exhausto. Y
aquella dosis lo ayudaba a mantener lejos aquellas emociones. Se apoyó en
la cama, y luego de un momento sintió que su brazo izquierdo estaba
tocando algo. Giro despacio para ver qué era. Allí estaba el álbum de la
fotografías, abierto en la última página.
Esa última página tenía la tarjeta del sepelio de Elizabeth. Las lágrimas
empezaron a fluir y a caer por sus mejillas, lágrimas que había sostenido
desde ese día. Su pálida cara cambió su expresión y sintió que sus fuerzas
se evaporaban.
A pesar de estar ahogándose en el dolor, no se compadecía de su
sufrimiento, y eso lo hizo sentirse aún peor. Había una pregunta que
seguía haciendo eco dentro de su cabeza. ¿Por qué ella tuvo que morirse?
No tenía ninguna respuesta, entonces se puso de pie demasiado rápido. ¿Por
qué todo era una mierda?
Entonces, regresó a la sala. Sabía que necesitaba más whisky.
¿Por qué?
Es que la amó tanto.
¿Por qué?
Le había ofrecido la mitad de las regalías de derechos de autor de esa
canción. Había querido que fueran socios, pero ella se había negado.
¿Por qué?
Estaba intentando cambiar. Estaba tratando de ser bueno, según las normas
de sociedad. Quería entender todo lo que había pasado entre ellos. Quería
que ella lo amara. Pero ya no importaba cuánto duró todo aquello, él lo
había estropeado.
¿Por qué?
Había querido ser una persona normal, pero eso no era posible.
¿Por qué?
Quiso acercarse más a Elizabeth, pero ahora ella estaba muerta. Eso
atormentó su frágil alma. En ese instante, llenó de una lógica demente,
Mayne comprendió que ya todo estaba terminado.
“Arrrrrrggghh!” gruñó, mientras golpeaba y rompía las cosas que había en
la sala. Sus puños y sus pies atacaron las paredes y el mobiliario
indefensos. Dio con su puño tan fuerte en la pared que rompió el yeso.
Tomó una lámpara que había sobre una mesa y la lanzó por el cuarto. Tiró
un cenicero jaspeado violentamente contra uno de sus discos premiados,
rompiendo ambas cosas.
Respirando pesadamente y mojado en el sudor del alcohol, tomó un disco de
platino y lo quebró; los fragmentos volaron por todas partes. Luego,
estrelló un vaso en el suelo.
A pesar de toda su furia, Mayne nunca había dañado una guitarra. Eso era
como un tabú, hasta hoy. Caminó entre la fila de guitarras, tomó una
Stratocaster del 68 por su mástil y la golpeó contra el piso fuertemente,
hasta quebrar aquel cuerpo de caoba hasta que sólo fuera madera para leña.
Con cada acto autodestructivo, se sentía bien por ese instante. Caminó
hacia otro disco de platino, se preparó y lo golpeó con su puño ayudándose
con el vaso. Instantáneamente, la sangre brotó de su mano.
Por primera vez ese día, sonrió.
Mayne tomó la botella de Jim Beam y bebió un gran sorbo. El analgésico
líquido calentó su pecho y alivió su mano que estaba sangrando. Caminó
hacia su equipo musical Fischer, y usando la mano que no estaba lastimada,
encendió el receptor. La lectura digital del dial se paró en una estación
de rock clásico. Era la única estación segura en el dial, ya que jamás
pasaban ninguna de sus canciones. La banda de Mayne era demasiado nueva,
demasiado actual. La estación sólo pasaba material de los años sesenta.
A penas comenzó a sonar, reconoció al instante la canción; era “I don't
Need Any Doctor”, un rock crudo, que lo había inspirado en su juventud a
hacerse músico. Durante los anuncios, entró en la cocina para agarrar otra
cerveza. En los parlantes, sonaba una publicidad de una tienda de discos
de Los Angeles que anunciaba sus ofertas. La música de fondo que acompaña
el anuncio era “Sin Ti.” Sus ojos se humedecieron, pero ninguna lágrima
cayó, y allí comprendió que no importaba donde estuviera, ya no podía
esconderse de todo aquello.
Tambaleante, caminó hacia el equipo musical, tomó al receptor, y le dio un
tirón con ambas manos. Después de varios golpes fuertes, las luces
digitales finalmente se apagaron. Con el receptor en la mano, tropezó
hacia atrás, y cayó en el piso enredado entre los cables. Aturdido y
jadeando, se levantó y fue hasta la puerta corrediza que llevaba al
balcón, llevando en sus manos el equipo de audio. El aire fresco atacó sus
sentidos. La brisa fresca se sintió fuerte cuando salió al balcón. Examinó
el borde de la baranda. Y pudo ver el reflejo del sol brillando
directamente en el parque de estacionamiento que estaba debajo.
Levantó el receptor sobre el balcón, y lo apuntó directo hacia su
automóvil. Después de algunos segundos de preguntarse si su objetivo era
exacto, lo lanzó. El vidrio del parabrisas del automóvil estalló, cuando
el receptor impactó en él. Volvió adentro a sacar una cerveza del
refrigerador. Como había estado distraído, había dejado la puerta del
refrigerador abierta, y al entrar chocó contra ella. En ese momento,
algunos artículos cayeron al suelo. La puerta se balanceó tomada de la
bisagra. Mayne tomó una cerveza, y luego de beber la mitad, la arrojó
contra su colección de guitarras, y fue justo a dar a su favorita: una Les
Paul del 57. Entones, tomó otra cerveza del refrigerador, sin dejar de
mirar las guitarras.
Esas guitarras eran como niños adoptados, por eso las amó a cada una de
ella de manera diferente. Algunas guardaban ciertos recuerdos, pero cada
guitarra tenía la habilidad de crear la magia. Era por ese potencial, que
respetaba y admiraba aquellas guitarras, hasta esa tarde. Ahora, ya no
importa cuánto las había amado, o qué valiosas habían sido; todo le
transmitía dolor. Aquel dolor lo acercó más aún a la realidad. Lo trajo
más cerca a Elizabeth.
Había creado buena música a nivel mundial, y sin embargo se sentía muy
pequeño e insignificante. Su creación no había sido capaz de darle esa paz
mental que necesitaba. Tenía más dinero del que podía usar en su vida, más
del que podía contar, pero eso no le daba valor para luchar.
No había pasado mucho tiempo desde aquel momento en que había comenzado a
luchar para alcanzar todo aquello. Y ahora, que lo había logrado, supo que
el estar en la cima no era tan maravilloso como había imaginado. Qué había
hecho con su expresión artística; la compañía discográfica había
enriquecido sus bolsillos. Estaba desilusionado de aquel sistema que
manejaba el ambiente musical, ¿pero qué podía hacer? Sin la industria, no
podía compartir su música.
Sin embargo, no importa cómo y cuántas veces se lo hayan explicado, las
notas musicales no tenían precio para él. Había decidido hacer música
porque desde niño amaba el rock and roll. Era para las personas, sus
personas, para las que escribió su música. Entonces, ¿por qué no podía
dormir por la noche? Intentó encontrar la respuesta, pero un silencio se
mantenía en su mente perturbada.
Entonces, decidió matar a sus guitarras. Pensó que si no fuera por ellas,
no tendría los problemas que tenía. Bebió más cerveza, sintiendo su boca
áspera. La Budweiser mojó sus mejillas. Cuando la lata estaba casi vacía,
la aplastó y la pateó como jugando al fútbol. Enfurecido, tomó una Les
Paul negra y le dio una muerte rápida pero salvaje contra la pared.
Levantó una Telecaster por encima de su cabeza y la apaleó contra la mesa
de café, rompiendo ambas cosas. Entonces, vio otra Les Paul y usándola
como si fuera un palo del béisbol, golpeó una lámpara y varios objetos,
hasta que el mástil de la guitarra se quebró.
“Mierda”, refunfuñó.
En ese instante, oyó un ritmo. ¿Acaso había un tambor que sonaba en su
cabeza?
Luego de algunos segundos comprendió que uno de los vecinos estaba
golpeando la pared.
“Deje de golpear ya!”, gritó Mayne hacia la dirección de donde venía aquel
ruido.
No se detuvo.
“Pare de una vez, las cosas se están poniendo mal y yo no estoy de humor!”
El golpe continuó.
"Hijo de puta, se lo estoy advirtiendo", dijo Mayne.
El golpe continuó.
Mayne caminó por la alcoba y llegó hasta la mesa nocturna. Tomó su cocaína
y la vertió sobre el frente de su mano que no estaba sangrando, luego
resopló fuertemente todo el polvo por su nariz. Después lamió el sobrante
que había quedado en su puño, desparramándolo entre sus dientes y encías.
Había varios Marlboros en la mesa. Tomó uno y lo encendió. Luego respiró
hondo, y escuchó.
El vecino todavía estaba golpeando.
El cenicero era una montaña desbordante de cerillas muertas, por lo que
Mayne debió apoyar el cigarro en el borde de la mesa nocturna.
Había intentado evitar una confrontación, pero su vecino lo seguía
molestando. Fue hasta su caja fuerte de la pared, tomó su pistola Smith &
Wesson 357 y una botella de whiskey, y salió fuera de la alcoba.
“OK, hijo de puta, ahora vamos a jugar”.
El golpe continuaba.
Bam. Bam. Bam.
Descargó tres tiros hacia la pared perforándola. El golpe se detuvo al
instante, y él sonrió. Apuntó la pistola a uno de sus discos de platino en
otra pared y destruyó la esfera brillante. Apuntó a su televisor.
Una bala salió.
Sostuvo la pistola con temor. Sabía que podría unirse a Elizabeth
fácilmente; todo lo que tenía que hacer era apretar rápido el gatillo. La
idea lo atrajo. Quizá sería mejor en su próxima vida.
Despacio, cerró sus ojos, levantó la pistola. El gatillo tocaba su dedo
índice. El caño frío de la pistola estaba sobre su cabeza. Mientras se
preparaba, volvió a abrir sus ojos. Delante de él, como burlándose, había
dos guitarras Les Paul más.
Hubo un momento en su vida, que aquellas encarnaciones musicales eran
santas para él. La dedicación y los años de práctica habían sido una labor
de amor. Las guitarras habían sacado afuera su pasión, su expresión, y
habían sido su boleto para salir de la oscuridad. Pero todo eso había
cambiado con una canción. Ahora esas guitarras eran el recuerdo de que
Mayne nunca podría recobrar su inocencia.
“¿No puedo hacerlo? ¿No puedo morir con dignidad?”, se preguntó con una
rabia que lo consumió.
No podía llevar a cabo el suicidio. Su brazo tembló y bajó. Tomó como
objetivo una de las guitarras. Los fragmentos de madera volaron por todas
partes. Caminó por encima de ella para examinar su puntería. Estaba
definitivamente muerta, pero eso no era suficiente. Recogió los restos y
los tiró por el balcón. Luego caminó sobre el borde del balcón. Debajo
había una muchedumbre pequeña que se había reunido alrededor de su
automóvil de lujo arruinado.
“¿Alguien quiere un autógrafo?”, preguntó, mientras tiraba la guitarra
fragmentada.
“Esperen un minuto, esperen un minuto. Aquí tengo otro presente!”, gritó,
y se metió en la alcoba.
Sus pasos pesados retumbaron en la sala. El cigarrillo que había olvidado
fuera de la mesa nocturna había caído al piso, y ahora ardía sin llama en
la gruesa alfombra. Mayne buscó dentro de la caja fuerte de la pared, tomó
un manojo de dólares, y corrió hacia el balcón antes de que su público se
fuera.
“No digan que nunca les di algo!”, gritó mientras arrojó el dinero.
Varios espectadores cautos caminaron hacia atrás, pero en cuanto notaron
que era dinero, se apresuraron a juntarlo. Mayne observó a la pequeña
muchedumbre y volvió hacia adentro.
Una guitarra permanecía.
La miró, maravillándose de sus bonitos colores. Una Sunburst del 57, con
los micrófonos dorados. Definitivamente merecía su nombre. Rojos, naranjas
y amarillos se arremolinaban en el cuerpo de madera. De todas las
guitarras, esa era su preferida. Tenía otra dos docena en el depósito,
pero esa guitarra, había sido lo primero que compró después de firmar el
contrato discográfico. Era como un premio por lo que había logrado. Con
esa guitarra había escrito la canción “Sin Ti”.
Se acercó con la cautela y respeto, y suavemente la recogió. Se sentó en
el suelo al estilo indio. En su interior, se alegraba de no haber
destruido esa guitarra. Su mano herida le dolía, pero igual quiso tocar.
La sangre goteó fuera de su mano y pasó por el cuerpo de la guitarra. No
importaba cuán intoxicado estaba, sus dedos nunca lo traicionarían, y esta
guitarra en particular siempre respondió a su llamada.
Empezó improvisando algo que parecía Hendrix. Hizo una pausa abruptamente.
Algo del sonido de la guitarra lo agitó y no pudo continuar. De una manera
vaga, recordó una parte de “Sin Ti”. Después de respirar profundamente,
Mayne recobró su calma parcialmente.
Se supone que los multimillonarios no lloran. Ellos están más allá de las
lágrimas, o por lo menos eso es lo que la sociedad quiere creer. Mayne era
sólo Stephen Maynard Mandraich, un niño talentoso que podía ejecutar sus
dedos ágiles a lo largo de un pedazo de madera.
Entonces, empezó a rasguear uno de sus riffs favoritos, y aunque la
guitarra no estaba amplificada, podía oírlo como si lo estuviera. En la
última nota se detuvo. Amaba la percepción de este instrumento en sus
manos. Amaba darle vida a las cuerdas de la guitarra. Amaba simplemente,
sostener esa guitarra. Entonces su mente le recordó maliciosamente que
también había amado la manera en que sentía a Elizabeth.
Se levantó rápidamente del suelo y arrojó la guitarra a un lado. Aterrizó
con un fuerte golpe. Miró fijamente la guitarra y la vio inexpresiva. Los
dos le habían dado tanto placer, pero nunca había sido capaz de expresar
su gratitud. Nunca le dijo la verdad sobre cómo ella lo hacía sentir,
sobre cuánto la amó, y cuando escribió la canción, reafirmó que debía
haber mantenido su boca cerrada. Por lo menos ella todavía estaría viva.
Pero la canción era pura y quiso tocarla para ella. Aun cuando su cuerpo
físico no estaba presente, Mayne todavía podría cantar para ella en el
Paraíso. Quiso hacerlo pero tuvo miedo de tocar la guitarra.
Entonces Mayne vio una alternativa.
Bebió lo poco que quedaba en la botella de whisky. Luego, la dejó resbalar
silenciosamente de su mano. Estaba muy borracho y narcotizado, y tambaleó
hasta llegar al piano.
El cigarrillo encendido había comenzado un fuego lento en la alfombra de
la alcoba. El fuego tomó la cama y rápidamente ardió el cobertor; luego se
esparció a lo largo de la habitación. La ropa tirada por todos lados ayudó
a propagar el fuego.
Hasta hace algunas horas, la vida de Mayne, no importa lo miserable que
era, había sido lo que la mayoría de las personas anhelaban. Todo era una
ilusión, y Mayne era un héroe del rock. Ahora, se había reducido a un
pobre hombre y nada le importaba realmente. Sentía las espinas envueltas
alrededor de su corazón y por primera vez en mucho tiempo, se sentía
humano de nuevo.
Había sofocado su espiritualidad en el abuso de drogas. Había perjudicado
su salud y el crecimiento personal con el vicio. Se había deslumbrado por
el miedo de su éxito. Y en el único momento en que pudo encontrar aquella
verdad interna de su ser, había sido cuando tocaba su música.
Taladró las teclas de marfil suavemente, haciendo venir las melodías a la
vida a través de sus dedos. No importaba el dolor de su mano herida,
persistió tocando aquella música. Se propuso tocar para Elizabeth y todos
los otros ángeles que la acompañaban. Con cada nota fluida, cada armonía,
cada acento musical, su dolor interno menguaba un poco. Con cada nota
musical se convirtió en uno sólo con la música.
Mientras sudaba abundantemente, Mayne sintió algo detrás de él. Intentó
ignorarlo como le fuera posible. Pero luego, se volvió y vio las grandes
llamas que ondulan fuera de su habitación.
Al principio pensó que era una alucinación, pero el fuego era real. Su
guitarra favorita ya había sido tomada por aquel fuego. Intentó salvarla
pero no pudo. Se negó a permitir que el fuego interrumpiera su música.
Elizabeth estaba escuchando.
Comenzó a tocar con más fuerza, y el rojo de la sangre manchó el marfil de
las teclas. Ignoró las pequeñas manchas rojas, mientras sus largos dedos
resbalaban a través de ellas. El dolor de la herida en su mano, hizo que
un sudor recorriera su cara.
Todo lo que había querido hacer con su vida alguna vez era crear su
música, y ahora lo estaba haciendo. En ese momento, se sintió libre de sus
demonios. Tomó valor y comenzó a cantar “Sin Ti” en su voz ruda natural.
El alfombrado espeso se volvió un infierno. El fuego, como una ola
gigante, se extendió de pared a pared rápidamente, y llegó alrededor del
piano. Mayne no podía dejar de tocar aquella canción. Cuando las llamas
destruyeron el departamento, Mayne nunca gritó y nunca equivocó una nota. |